Lugo, 5 de febrero de 2022.  


La casualidad hizo que conociera a Enrique mientras fotografiaba un ramo de flores dentro de una antigua capilla dedicada a la Virgen del Socorro, situada en una zona montañosa en la que el paisaje está lleno de misterios: la “Mariña Lucense”.  

Conectamos inmediatamente, después de todo, habíamos nacido en el mismo año con pocos días de diferencia. Tras una breve conversación emprendimos el camino hacia su casa. Hay ocasiones en las que, al atravesar una puerta, uno deja atrás el mundo conocido, algo en el ambiente te prepara, un leve gesto, una palabra, y te das cuenta de que ya formas parte del hogar y la vida del otro.

Su madre, como la mía, también había fallecido recientemente. Enrique se había quedado solo, casi aislado en aquella aldea. La tristeza es un sentimiento que parecía no abandonarle, y tal vez por eso su presencia es como un eco que siempre aparece en nuestras conversaciones.  

Mientras charlábamos en su cocina puse ante él mi cuaderno de campo donde dejó por escrito una nota que acompañó con una fotografía. En ese momento pensé que era algo que quería regalarme para que formara parte de mi proyecto sobre el rural gallego. Cuál fue mi sorpresa cuando al tenerla en la mano, vi que era una fotografía suya de cuando era joven. Me dijo que era para mí, un recuerdo para que no me olvidase de él.

Durante el camino de vuelta no pude dejar de pensar en nuestro encuentro, en aquella nota manuscrita. Tuve la certeza de que lo que había sucedido era el inicio de algo que iba a darle un nuevo sentido a mi vida.
"Al decir
Las palabras adecuadas
Se abrirán ante ti
Laberintos y ventanas (...)"